Mi Pueblo

No consigo recordar casi nada de mis primeros años, los inmediatos recuerdos que se tejen en mi memoria coinciden con la llegada de Rosana al pueblo. La primera vez que la vi era un viernes del mes de Diciembre, me acuerdo perfectamente como si fuera hoy porque el día anterior cumplí 14 años y mi regalo fue una mochila escolar que estrenaba ese mismo día. Estábamos en la clase de la profesora Rosa que nos impartía lengua extranjera y una tenue luz entraba por la ventana por las persianas semiabiertas.

Fue entonces cuando nuestro tutor el señor Severino sin previo aviso y sin picar la puerta se presentó acompañado de una hermosa chica. El señor Severino tenía un aspecto abatido y costernado, sus pantalones estaban casi caídos, flácidos como si acabara de estar presente en el fragor del combate. Sin embargo a su lado yacía el contorno más maravilloso que jamás había visto. Mientras el señor Severino nos presentaba a Rosana como nuestra nueva compañera durante bastante tiempo, ella me miró fijamente mientras escuchaba el discurso de nuestro tutor. Desde ese momento que vi por primera vez a Rosana supe que su futuro en el pueblo no sería lo que sucediera, sino aquello en lo que se convirtiera. Debo reconocer que aunque el aspecto del señor Severino era algo desdibujado, su actuación tuvo una densidad y una sutileza extraordinaria. En la hora del recreo seguirla con la vista a Rosana y en la distancia, se convirtió en una prioridad para mí, y en una permanente obsesión. Rosana se sentó en un banco muy cerca de la entrada principal del colegio en el mismo patio, donde un chica atractiva como ella, no pasaba desapercibida y que la mantenía en primera línea donde los riesgos eran extremos. Me llene de coraje y me senté al lado suyo, en el mismo banco pero en el otro extremo. Rezaba en silencio para que nadie se sentara en medio de los dos, y tirara atrás una posible conversación con Rosana. Tardó poco tiempo en mirarme y dirigirme la palabra, preguntándome si hacía mucho tiempo que vivía en el pueblo. Un solemne escalofrío se apoderó de mi y noté que mi pulso cogía un aire excitado. Hice un hondo suspiro y le contesté afirmativamente. Después comenzamos una conversación típica de aquella edad, aspectos sencillos, pero que los he recordado toda mi vida. La invité a que viniera a mi casa para celebrar el cumpleaños que lo hacía el domingo. Le propuse que me ayudará a decorar el Belén. Entonces Rosana giró su cabeza y con una luminosa sonrisa y un lánguido suspiro que parecía decir si, me contestó que debería preguntárselo a sus padres. Fue entonces cuando su rostro parecía haber adquirido un cierto aire de descanso al saber que ya tenía un amigo, el primer día de clase. No le costó mucho a Rosana convencer a sus padres, quizás estos deseaban que su hija encontrara enseguida amigos. Aquel año Rosana me ayudó a decorar el Belén de Navidad y el árbol que teníamos en el comedor de casa. Las figuras del Belén las colocó tan bien que parecía que recobraran vida las figuras. El árbol que también decoró Rosana parecía más grade de lo normal. Aquellos años en que Rosana estuvo en el pueblo corrían aires difíciles, debido al paro que se estaba apoderando de la gente del pueblo. En cambio los mayores los jubilados del lugar dejaban escapar sus vidas con una gran indiferencia conscientes de que absolutamente nada cambiaría el trazado de sus vidas. Llegó el verano de aquel año 1950 la amistad entre Rosana y yo había ido en aumento hasta tal punto que ambos íbamos a nuestra respectivas casas a hacer los deberes y jugar. Una vez Rosana me comentó que sus padres habían decidido venir a nuestro pueblo Algers porque se habían quedado sin trabajo y aquí la vida era más barata, A partir de aquel momento supe que su estancia en el pueblo podría ser efímera.

El tiempo que estuve con Rosana me contagió su espíritu jovial, alegre de tal forma que pensaba que tenía un poder especial para llevar la alegría a las personas. De la noche al día su aspecto alegre y contagioso, se transformó por arte de magia. Su cara estaba llena de marcas rojas con lo cual me hizo pensar que algo estaba sucediendo. Rosana me pidió de poder quedar conmigo para hablar, fue entonces cuando presumí que sería una mala noticia para los dos. Así que cuando llegó el día que habíamos quedado para hablar, pique a su puerta. Salió Rosana, fue entonces cuando sentí por primera vez una especie de desvanecimiento, que no había sentido en mis 14 años de vida. Rosana se había pintado el contorno de sus ojos verdes, era la primera vez que la veía maquillada. Llevaba una camisa de seda de color azul marino con pequeños círculos negros y rojos decorando su camisa y una falda corta que acababa un poco más arriba de las rodillas. Parecía que tuviera 18 años en lugar de 14. Decidimos ir al peñón, así le llamábamos en el pueblo a una alta montaña que yacía a las afueras del pueblo, cerca de nuestro rio. Atravesamos eso sí una amplia pradera antes de llegar sin apenas decirnos una palabra, pero conscientes de que me tenía que contar algo importante. La diversidad de las luces en aquella hora, las 9 de la noche eran impresionantes. Las lejanas luces del pueblo, se mezclaban en un perfecto efecto luminoso con el reflejo de las luces en el agua, el aire, la tierra y las estrellas. Rosana y yo nos sentamos en el peñón y seguidamente Rosana realizó un suspiro que me pareció una flecha que lanzaba al aire. Sin más preámbulos como si las despedidas hubieran sido una constante en su vida, con la madurez inusual de su edad, me comentó que tenían que marcharse del pueblo porque su padre había encontrado un trabajo en la ciudad. Siempre pensé que tras esas palabras sinceras y su forma perfecta de decir las cosas, le daría para toda su vida una seguridad. Nos prometimos muchas cosas, que la iría a ver, que ella vendría en verano, que nos escribiríamos cartas, y que algún día podríamos casarnos, Tras estas promesas que parecían serias Rosana, me dio un beso de despedida, y me dijo que nunca me olvidaría. Fue entonces cuando me di cuenta de que habíamos sido algo más que amigos. Aquella noche fuimos forjadores de sueños posibles o imposibles, el tiempo lo diría. Hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual prometimos recordar esa noche tan hermosa pero a la vez triste. Cuando Rosana se marchó del pueblo no sentí mucha lástima porque sabía que las promesas que nos habíamos dicho se cumplirían y que el próximo verano Rosana volvería al pueblo. Han pasado más de 50 años aun puedo recordar aquel perfume que Rosana se puso aquella noche en el peñón, aquel beso latente y sus palabras que el destino quiso llevarse. Puedo notar el calor de la nostalgia cada vez que vengo al pueblo con mi mujer y mis hijos. Hace años que entendí que desde la marcha de Rosana del pueblo, la distancia que nos separaba, la juventud, habían sido dos grandes obstáculos para vernos. No supe nada más de Rosana. Nunca he sabido si podemos nosotros , cada uno, cambiar el curso del destino, o el propio destino puede cambiar nuestras vidas. Cuando me encuentro con mis viejos amigos del colegio en los veranos cuando mi familia y yo venimos al pueblo a pasar las vacaciones a casa de mis padres, pregunto a mis amigos si se acuerdan de Rosana, nadie logra recordarla, al menos de los amigos que permanecen en el pueblo. Es entonces cuando me invade una sensación confusa, ¿existió realmente Rosana?, sueño a veces con ella y al despertar ya no la recuerdo. La realidad y el sueño cuando recuerdo a Rosana se confunden y se mezclan, hasta tal punto de que ahora a mis 74 años y quizás con mi leve pérdida de memoria, dudo si realmente Rosana existió o fue un fantasma de mi mente.