La Barcelona más modernista a través de Gaudí

Sobre Gaudí se ha dicho todo. Su obra no deja de fascinar a generaciones de intelectuales que se han volcado en la vida de este pequeño hombre piadoso, reservado y discreto buscando descubrir la llave de su talento. Gaudí no frecuentaba a nadie menos a su mecenas Eusebio Güell.

No viajaba, soltero, nunca escribió un libro ni dio conferencia alguna y murió atropellado _ así es la vida- por un tranvía a los 74 años, en 1926 fecha en la que algunos historiadores cierran la época modernista. Cuando Gaudí (criado en Reus) llega a Barcelona de la segunda del siglo XIX la orientación económica y social catalana es totalmente divergente de la línea decadente de la España de la Restauración. El auge de la vida cultural, impulsada por una burguesía enriquecida y culta, se extiende a todas las capas sociales desde las grandes ciudades a los pueblos más pequeños. Barcelona ciudad rica, prospera e industrial está en plena reconquista de su identidad catalana, es el Renacimiento. Este movimiento cultural no nace ni en Francia ni en Europa, sino en Catalunya y constituye una aportación original de primera magnitud del arte del siglo XIX. Su impulso nacionalista, que apunta a la independencia está impregnado de romanticismo y eso le dota de fuerza suficiente para constituir una cultura nacional catalana y moderna. Pero a diferencia de sus contemporáneos y sobre todo de los dos grandes arquitectos modernistas Joseh Puig i Cadafalch y LLuis Doménech i Montaner, muy implicados en la vida política. Gaudí jamás perteneció a ningún partido catalanista. Era u revolucionario en arquitectura no en política. Para Gaudí los muros, techos, fachadas e interiores están más modelados que construidos. Las formas curvas y sensuales siempre inspiradas de la naturaleza escapan a la pesadez y al dictado el ángulo recto. Un simple banco forma un cuerpo y la mínima raya es una caricia. De hecho cada realización parece palpitar de vida hasta el punto que algunos ha querido ver en su obra una mano divina. Gaudí decía que la originalidad era volver a la naturaleza sobreentendiendo así el Dios que la crea. Rechazando pues algunos inscribir al genial artista en cualquier corriente arquitectónica que sea, lo cierto es que tras su huella nos dejamos llevar hacia una ruta que define el modernismo y presenta Barcelona como uno de los centros más destacados del arte de su ´época. Desde la Pedrea a la casa Batlló y la Sagrada Familia que no necesitan ni mención, o hay que olvidar la Casa Vicens de inspiración mudéjar- la Casa Calvet (hoy restaurante de lujo) el gótico modernista Palau Güell o la sobriedad del colegio de las Teresianas. Un espacio hoy abierto al Parque Güell, fue concebido para albergar lujosas residencias. La quiebra del promotor ha dejado las cosas como están. A Lluís Doménech i Montaner le respaldan el Palau de la Música, el Hospital de Santa Creu y Sant Pau así como la casa LLeó Morera de su colega Josep Puig i Cadafalch os queda la vecina Casa Ametller y la antigua fábrica Casaramona hoy sede de Caixa Forum. El modernismo dio un viraje hacía nuevos caminos, pero su riqueza no solo fue arquitectónica. En pintura Casas y Rusiñol con “els quatre gats” de telón de fondo y un recién llegado Picasso introdujeron una actitud de ruptura con el academicismo del siglo XIX y su influencia también marcó la música, la poesía, la literatura y el pensamiento. Catalunya en general y Barcelona en particular presentaron un conjunto cuyas dimensiones no pueden compararse a las de ningún otro centro europeo del momento. Hoy legiones de extranjeros hace largas colas delante de estas joyas arquitectónicas y pictóricas. El turismo convierte a esta ciudad tan moderna como modernista en la capital cultural del Sur de Europa.